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Vertumnus.

Una ilusión, una sombra, una ficción.

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Teselaciones periódicas, y las de Penrose. Tramoyas. Un trampantojo de Max Ernst y dos cintas finitas para Turing. Golliwogg’s Cakewalk, de Rincón de los niños de Debussy colada en la Suite Bergamasque. La habitación de Ames en rojo y René Magritte fumándose una pipa. Gymnopédie nº1, Satie y las pareidolias. Vertumnus, de Guiseppe Arcimboldo, y un perro andaluz. La explicación Ebbinghaus a tus anhelos: una tarjeta perforada en busca de alma. La permanente disposición humana a complicar la existencia a sus semejantes, “¡Y la verdad! ¡Y la verdad! / Buscada a golpes, en los seres, / hiriéndolos e hiriéndome; / hurgada en las palabras; / cavada en lo profundo de los hechos / -mínimos, gigantescos, qué más da: / después de todo, nadie sabe / qué es lo pequeño y qué lo enorme“, José Hierro. Cero es el resto del máximo común denominador, como lo era en el vacío lo es hoy en lo infinito. El álgebra se descontextualiza en la buena educación.

El único espectador abandonó la sala cuando los actores comenzaron a discutir sobre el fondo de la obra, sobre el método. Si en Cleopatra la Taylor y Burton se peleaban era Mankiewicz quien se llevaba las tortas, pensó. Buscó al director en el libreto y en su lugar se encontró en los créditos. Consideró la oscuridad y el silencio de sus pasos, la moqueta, y fue el primero en hacer mutis.

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