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Embrujos.

Érase una vez la historia de unas manos que hacían embrujos, o mejor, de unas manos que eran embrujos...

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Embrujos, pócimas, brebajes y encantamientos; brujas, magos, meigas, duendes y otros trasgos; también trasnos, hadas, alicornios, hechiceras, demonios, sirenas, curuxas, xacios y biosbardos, tardos, urcos, nubeiros y lavandeiras… Un mundo oscuro y silencioso lleno de magia y destellos, era, sin duda, la mayor de las fantasías porque si algo sabía era que no era un nubeiro el que se escondía aquella mañana plomiza y gris entre las nubes, tampoco tenía noticia de la existencia de ningún tipo de unicornio con habilidades curativas y mucho menos aun de traviesos duendes o de brujas, buenas o malas, que no fueran de mentira. Lo que no dejaba de sorprenderle era como todos aquellos mitos centenarios sobrevivían a las explicaciones científicas y la evolución de las sociedades, sólo había una explicación, la humanidad necesitaba la magia y sus embrujos para hacer la realidad más luminosa y soportable.

Los domingos eran siempre perezosos, como hechos para no hacer nada y cuando el día no animaba a alejarse de la calidez del hogar lo eran más si cabe, por eso se preparó el segundo café de la mañana y, con la taza entre sus manos, se acercó de nuevo a la ventana para ver la lluvia caer y sentir como el silbido del viento se colaba a través de la ventana cerrada, invierno… (e infierno, pensó).

Mientras removía la stevia en el café pensaba en cuánto le gustaría tener una varita y hacer con ella que se abriera el cielo y el sol iluminara la tierra porque al calor de los rayos del sol la alegría despertaría de su letargo… hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que la alegría era un oso que hibernaba medio año dejando a la humanidad abandonada a su suerte ¿era una tontería? probablemente, claro que las tonterías se le antojaban tan necesarias como la propia magia.

Claro que no esperaba, a sus años, encontrar varitas que hicieran nada ante un simple meneo, es más, sabía que no necesitaba varita alguna, para hacer magia bastaban las manos.

Con las manos se acariciaba y se cerraba un abrazo, se preparaban las pócimas más cálidas y también las más refrescantes, desde un simple café a un gin tonic, una queimada sin conjuro o el cóctel que le pidiera la boca; con las manos se sentía la vida y se hacían los sueños y con las manos se llegaban a tocar los corazones ajenos; con las manos se contaban historias sobre un teclado o se dibujaban en una pared iluminada dentro de una habitación oscura. Tal vez, pensó dejando volar su imaginación, las manos eran en realidad embrujos y sólo cuando descubríamos que podían hacer magia la vida cobraba sentido…

Se rió de sí misma y sus divagaciones pero no por ello dejó de pensar en la emocionalidad de las gentes y en la necesidad de alimentarla como se alimenta el cuerpo, no era sólo cuestión de paz, amor y amistad, lo era también de fe… pero no fe en un dios sino en unas manos, en las manos de cada uno, en los embrujos que se esconden en ellas, en tanta magia como pueden hacer unas manos cuando la energía de una vida se canaliza a través de ellas en lugar de hacerlo a través de los gritos, cuando los oídos callan y las voces se vuelven sordas, cuando lo único que importa es hacer con tus manos tanto como puedas hacer…

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