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Fénix.

Érase una vez la historia de un ave que sabía que el final era siempre el principio y resurgía así de sus cenizas.

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Se acercó lentamente al majestuoso pájaro que permanecía inmóvil sobre un pequeño trozo de madera; le sorprendía verlo ahí, tan quieto, como si no se percatara de que había gentes a su alrededor; caminaba hacia él despacio, sin apenas respirar, porque lo último que deseaba era perturbar la paz de la que aquel ave de aspecto imponente que parecía haber pintado sus plumas del color del fuego, de rojo intenso, naranja vivo y con destellos dorados. Era como un águila imperial pero más grande y más rojo. Y entonces, cuando estaba a tan solo un palmo de la bella criatura, ella giró la cabeza como si quiesiera mirarle a los ojos y el color de su plumaje pareció cobrar vida, encenderse, incendiarse… en pocos segundos no quedó del ave más que un montón de cenizas bajo el pequeño madero sobre el que había estado hasta aquel terrible momento.

Y entonces ocurrió, un pequeño polluelo emergió de sus cenizas y en pocos días lucía tan majestuoso como el que le había precedido, como él mismo, sobre el mismo trozo de madera. Era un ave Fénix.

Era sólo un sueño, una criatura fantástica que, según los egipcios, vivía 500 años y entonces, llegado el fin de sus días, era consumida por el fuego y reducida a cenizas, unas cenizas de las que resurgía para comenzar una nueva vida, unos nuevos 500 años de vida durante los que sobrevolaba Egipto, la India y Oriente Medio desplegando sus majestosas alas, haciendo alarde de su fuerza desbordante y guardando alquimia, además de magia, en sus ojos porque sus lágrimas eran curativas.

Leyendas, pensó, la mitología llevada a los cuentos a través de los sueños y lecciones nuevas que echarse a la vida.

Nada era para siempre, ni tan siquiera los dolores más intensos, lo sabía, pero a veces lo olvidaba porque a veces la vida era algo así como un inmenso tsunami en el que sobrevivir se convertía en el único objetivo, claro que era mentira… y eso también lo sabía; ni los tsunamis más terribles duraban para siempre, sólo el eco de su paso y el miedo que dejaban tras de sí, debidamente alimentado, podía convertir la vida en un eterno tsunami, en una lucha por sobrevivir en un mar en calma que se sentía como un océano embravecido, esa era la tormenta perfecta.

Por eso las lágrimas eran curativas, porque vaciaban el alma del dolor que alimentaba el miedo permitiendo así al Fénix desplegar sus alas y hacer alarde de su majestuosa belleza y su fuerza imponente, permitiéndole vivir 500 años e infinitas vidas resurgiendo siempre de sus cenizas, volviendo a la vida tras cada final, tras cada error, tras cada fracaso, tras cada traición…

¿Quién hubiera pensado nunca en un ave Fénix como símbolo de resilencia? pero ¿de qué otro modo podrían sobrevivirse 500 años y resurgir de las cenizas para vivir 500 más? ¿de qué otro modo podría un ser humano, tan pequeño e imperfecto como cualquier otro, lograr grandes cosas si no era resurgiendo cada día de sus errores y miserias, de sus debilidades, sus miedos y sus defectos, de todos sus fracasos?

Y aquel día decidió dejar de mirar al suelo para volver a mirar al cielo para ver a los pájaros regresar con la primavera, para recordar sus portentosas migraciones y admirar la belleza de sus pequeños nidos y toda la vida que en ellos latía, fue el día en el que se prometió no olvidar nunca que si el ave Fénix existe todavía en el imaginario colectivo, si no ha volado lejos de nuestra imaginación como lo hizo Fawkes dejando Hogwarts atrás es porque su fin último no se ha cumplido ni se cumplirá jamás, es porque si vuela alto y llora lágrimas curativas, es porque si arde y resurge de sus cenizas, nos recordará que, aun siendo pequeños e imperfectos, tenemos la habilidad de reinventarnos tras nuestros errores, de resurgir de nuestras cenizas.

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