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Hoolingans.

Érase una vez la historia de un domingo cualquiera en un periódico cualquiera y en una ciudad cualquiera hablando de algunas pasiones... cualesquiera.

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Era domingo, el único día de la semana en el que dedicaba un rato largo al periódico en papel; le gustaba pasar sus páginas leyendo los titulares porque la mezcla del olor del papel y el de café recién hecho era para ella el aroma de los domingos y ese aroma era una de sus pasiones; aquel domingo era además un día de sol, excesivamente frío para ser primavera, pero luminoso como si fuera verano y eso, después de tantos días plomizos, de tantas lluvias y tanta nieve, era alegría.

Una alegría que no encontraba en ninguna de las páginas del periódico donde sólo las malas noticias parecían tener cabida e, incluso las buenas, parecían destacar más por ser malas para alguien que por lo que tenían de buena noticia; ¿de verdad era el mundo como lo contaba el periódico? no estaba segura pero temía que, en gran medida, era así, no tanto por la veracidad de las noticias, al fin al cabo todos los periódicos eran, como poco, esclavos de su línea editorial, si no por las pasiones que parecían fluir desatadas bajo todos y cada uno de los titulares que leía.

En la sección internacional las guerras parecían un asunto natural, la discusión estaba en si dejar las guerras fluir o echar más guerra a la guerra; en la sección nacional el pasado parecía ser más importante que el futuro y, como si del thriller de Michael Jackson se tratara, el espectro de los muertos se paseaba por las calles mientras los vivos se acercaban al abismo de un futuro que parecía no ir con ellos; la sección deportiva por su parte era una suerte de locura, los que perdían parecían haber insultado a la historia de sus clubs por no ser capaces de meter más goles que el otro y los que ganaban parecían haber descubierto, como poco, la cura del cáncer por la grandeza que se confería a su gesta. Pasó de puntillas sobre la sección de ocio y televisión porque a ella los supervivientes le parecía que eran quienes rendían sus días a las veladas que allí se proponían.

Vista la última página y con cierto halo de pesimismo en su ánimo, cogió el segundo periódico porque, si bien la veracidad informativa se les presumía a todos, la elección de las noticias y la importancia que se confería a cada una de ellas era un asunto profundamente subjetivo por lo que el dibujo general del mundo no era nunca exacto en un solo periódico; pero no llegó a hojear ni tan siquiera la mitad de aquel segundo periódico porque pronto constató que ni tan siquiera leer varios periódicos le aseguraba tener una idea de lo que ocurría más cercana a la realidad, sentía cada vez más cierto aquello que se decía siempre acerca de que no hay mayor desinformación que el exceso de información… o las selecciones ajenas de las noticias.

En todo caso, mirara donde mirara, la sensación que no lograba quitarse de encima era la de las pasiones desatadas; siempre había pensado en la pasión como un motor del ser humano y del mundo, como un arma poderosa a la hora de lanzarse a la aventura de vivir… claro que luego estaban quienes en lugar de elevarse hacia sus sueños con la fuerza de su pasión por ellos, se hundían arrastrados por sus pasiones más bajas convirtiéndose en hooligans de cualquier cosa.

Eso era lo que más veía últimamente, lo único que parecía ver, actitudes promovidas por las más bajas pasiones que arrastraban tras de sí a gentes que parecían vivir a ojos ciegos y oídos sordos, pensó incluso en si serían los muertos vivientes que habían sido sacados de sus tumbas pero no lo eran, eran los vivos, no todos pero sí muchos, eran los que, a cambio de que un ente superior asumiera la responsabilidad de su destino, caminaban tras los representantes de ese ente y lo hacían al son que les tocasen pensando que caminar hoy a gritos revolucionarios y mañana en la procesión del silencio era un alarde de libertad, sin acabar de darse cuenta que eran sólo la masa moviéndose al ritmo que les tocaban, eran sólo hooligans.

Decidió darse una ducha larga y salir a las calles a disfrutar del sol porque había algo que no quería olvidar, diese el mundo las vueltas que diese, sonara el son que sonara, pasara lo que pasara, ella, como todos y cada uno de los seres humanos, tenía una obligación primera y esencial: ser feliz. Y cuando el sol brillaba en el cielo y la paz en la tierra, al menos en la suya, faltar a esa obligación era poco menos que un insulto para quienes atravesaban tiempos más convulsos y se veían obligados a pensar más en sobrevivir que en vivir.

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