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Mujeres.

Érase una vez la historia a ojos de las mujeres y las mujeres a lo largo y ancho de la historia; érase una vez una historia feminista.

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Miró la foto que ocupaba la portada del periódico y no pudo evitar sonreir; no eran un montón de hombres con alguna nota de color y mujer complementando la fotografía, era al revés, esta vez eran ellos los que complementaban una imagen muy femme; no es que eso significase mucho para ella, nunca había sido de cuotas y sí mucho más de esfuerzos y elecciones personales pero aquella imagen, aunque sólo fuera por lo estético, le había arrancado una sonrisa.

Y de la sonrisa pasó a la evocación y el recuerdo, se le ocurrió pensar en qué pasaría por la cabeza de Clara Campoamor o Emilia Pardo Bazán si levantaran la cabeza y vieran aquella imagen u otras parecidas (al fin y al cabo, en unas ocasiones en mayor o mejor medida, hacía ya décadas que las mujeres también ocupaban posiciones de mando en plaza); claro que seguro que ellas (Clara y Emilia), como le ocurría a ella misma, serían exigentes, no se conformarían con una foto, no tolerarían ni una mujer florero, ese papel tan antiguo como el machismo, ellas siempre habían sido muy feministas, las feministas de cabeza y corazón.

Aquella mañana, con un té en lugar de un café, comenzó a dar vueltas a la idea de que tal vez, sólo tal vez, la inercia de la lucha por la igualdad de derechos, obligaciones y oportunidades no sólo llegaba a poner en entredicho la libertad de las mujeres de hacer de su capa un sayo y de su vida lo que se les pusiera en las ganas, sino que convertía a las grandes mujeres de la historia de la humanidad en meras anécdotas, excepciones a la regla (algo que, de facto, eran pero que no debía hacer sino añadir mérito a sus logros); se alegró de nuevo y más al recordar el libro que había regalado a su sobrina aquella navidad, era uno que hablaba de grandes mujeres que en el mundo han sido (y tomó nota mental para regalarle el segundo tomo que había visto hacía ya tiempo en las librerías).

Y es que mirar hacia delante y avanzar como si no hubiera mañana pateando las injusticias del pasado podía acabar convirtiendo la vida en un sinsentido y eso era lo único que no se podía perder, el sentido: el sentido común y el sentido de la justicia; ¿cómo hacerlo? no le parecía difícil responder aquella cuestión, no porque tuviera las respuestas sino porque tenía a las MAESTRAS; no iba a equivocarse, no iba a aceptar heroínas de barro como no había aceptado nunca héroes de cartón piedra, no lo haría porque sabía que un manto grande y oscuro hacía que grandes mujeres fueran también grandes desconocidas para el mundo sólo porque la historia siempre la escriben los vencedores y las mujeres habían venido perdiendo durante demasiado tiempo; y no lo haría, tampoco, porque se había dado el gusto de leer la vida y la obra de mujeres como Virginia Woolf y Simone de Beauvoir, Marguerite Yourcenar, Fernán Caballero, Daphne Du Maurier, Charlote Brönte… De todas ellas, y de tantas otras, había aprendido algo.

Al ver su taza de té vacía se levantó a prepararse otra y lo hizo pensando en la historia, no sólo en la de aquellas mujeres sino también en la de los hombres, en el modo en que la relación entre hombres y mujeres había parido sociedades tan desiguales y tan injustas a lo largo de la historia y cómo seguía haciéndolo hoy en muchos lugares del mundo; no en el suyo, de eso estaba segura, lo que sucedía en su mundo occidental y supuestamente civilizado era que el peso de una historia escrita (que no hecha…) sólo por hombres dejaba un regusto masculino en el ambiente y la solución no era algo tan simple (o absurdo) como cambiar una o por una a, era más profundo, más intenso, más largo, más complejo… pero era algo que tenían que hacer ella y todas las ellas de su mundo, tenían que coger el lápiz y ser ellas (también) las que contaran la historia para que cuando dentro de cien años las mujeres del futuro miraran atrás ya no sientieran el olor a naftalina de armario de trajes de hombre sino un mundo aromático mucho más rico en el que las notas amaderadas y especiadas tan propias de los perfumes masculinos se entremezclaran con otras más florales y cítricas propias de los perfumes femeninos.

Y para lograr aquel objetivo no valía, en modo alguno, usar el feminismo como coartada de la mediocridad.

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