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El país de las sonrisas según Franz Lehár.

La opereta encarnaba los ideales de una clase social para la que todo estaba bien. Una para la tarde del domingo.

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A lo largo de la segunda mitad del Siglo XIX, Viena se transformó en una gran metrópoli, una de las pocas capitales europeas que pasaban del millón de habitantes. Sin embargo, a pesar de salir favorecido del congreso que puso fin a las guerras napoleónicas-no casualmente celebrado y llamado como aquella ciudad -, el Imperio Austrohúngaro se veía como una estructura política obsoleta, propia de tiempos ya finiquitados. Viena simbolizaba mejor que ninguna otra capital europea las contradicciones entre lo nuevo y lo viejo: al mismo tiempo que el imperio avanzaba hacia su ocaso, la consolidación de la burguesía servía de correa de trasmisión para el ascenso de las letras, la pintura y la ciencia.

En este contexto, mientras Johann Strauss hijo retrataba como nadie con sus valses y polcas el espíritu optimista de aquella época, el nacimiento de un nuevo género musical venía a sintetizar esos dos mundos contradictorios, la opereta. La opereta -que tomaba su nombre del diminutivo de ópera por ser su canto menos exigente- triunfó durante décadas en París y Viena, así como en otras ciudades centroeuropeas por lo animado de sus composiciones, sus argumentos enrevesados y sus diálogos intercalados entre canciones, coros y las danzas que más se escuchaban por aquel entonces, entre ellas, el vals, la polca y el can-can.

La opereta respondía a los ideales de la burguesía en ascenso para la que todo estaba bien: las maneras armoniosas, el hablar refinado, los gustos exquisitos, la seguridad que aporta la cultura, la moral de las buenas costumbres, y los enredos amorosos, aunque sean poco sinceros. Fueron cuatro autores austriacos los que llevaron a la opereta vienesa a la cima, Franz von Suppé, Carl Zeller, Carl Millöcker y, sobre todo, el mismísimo Johann Strauss hijo, que se atrevió con un género teatral que el público burgués conocía bien, cuando contaba ya con 45 años de edad y era un célebre compositor de música de salón.

El fin de la época gloriosa de la opereta vienesa, como también sucedió en España con la zarzuela, llegó a su fin en los años finales del siglo XIX, ese tiempo incierto que suele denominarse con la expresión francesa fin-de-siècle, y que no es más que la expresión europea de lo que en España llamamos el 98. Sin embargo, el género continuó cultivándose como celebración de la persistencia del Antiguo Régimen.

El más destacado sucesor de Johann Strauss hijo fue el compositor húngaro Franz Lehar, que con sus melodías pegadizas, su hábil instrumentación y su construcción concisa, Lehár supo trasladar al público el contagioso mensaje de una sociedad y de un mundo que se acercaban a su inminente desaparición con la sonrisa puesta en los labios.

El país de las sonrisas es una opereta en tres actos de Lehár cuyo título hace referencia a la costumbre china de sonreír, independientemente de lo que ocurra en la vida. Es una de las obras más tardías de Lehár (1929) y tiene ese final agridulce que tanto gustaban a los vieneses. Una muestra: la canción de hoy, Tuyo es todo mi corazón, la canta el tenor que hace el papel del chino Sou-Chongel cuando ya no hay remedio para la pareja protagonista. Su letra dice:

Tuyo es todo mi corazón. Donde tú no estés, yo no puedo estar.
Así como la flor se marchita, cuando no la besa la luz del sol
Tuya es mi más bella canción, porque florece sólo debido al amor.
Dímelo otra vez, amada mía, oh, dímelo una vez más: ¡Te quiero!
Donde quiera que vaya, siento tu presencia.
Quisiera beber tu aliento y hundirme rogándote a tus pies
A ti, sólo a ti. Qué precioso es tu pelo brillante.
Es hermosa como un sueño y llena de nostalgia tu radiante mirada
Oigo el sonido de tu voz, es como música para mí.

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Buenas canciones que te sacudan la monotonía. Algunas ya las habrás oído, otras serán nuevas. Ójala que con todas toquemos tu corazón.

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