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El Réquiem romántico de Dvorak.

El Réquiem de Dvorak se une a los de Mozart, Brahms, Verdi y Fauré para completar el repóquer de réquiems más sublime de la historia.

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A comienzos de la década de 1880, la reputación de Dvorak en Europa se había disparado considerablemente tras los éxitos de sus Danzas eslavas, su Sexta sinfonía y el Stabat Mater. Gracias a esto, en 1884 se marchó a Inglaterra, donde recibió varios encargos, fue nombrado miembro de honor de la Sociedad Filarmónica de Londres y nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Cambridge. Aquellos encargos fueron recibidos con enorme entusiasmo por el público británico, especialmente el Réquiem op. 89, compuesto para el festival de música de la ciudad de Birmingham.

Dvorak comenzó a componer el Réquiem a principios de enero de 1890, lo finalizó en octubre del mismo año, y lo estrenó el 9 de octubre de 1891 bajo la dirección del propio maestro checo. A finales de ese año, ya estaba publicado en Londres. No sería la única vez que Dvorak dirigiera la obra, pues se tiene constancia de que antes de partir a Estados Unidos, lo dirigió en Manchester, Olomouc y Praga. El mayor éxito lo obtuvo, sin embargo, en Viena en 1900, donde curiosamente consiguió el favor absoluto de un público que anteriormente se había mostrado abiertamente hostil.

El texto que Dvorak emplea en la composición de su Réquiem es el tradicional texto litúrgico latino, del que se sirve para construir una fastuosa misa de difuntos romántica concebida, debido a su duración –más de 90 minutos, demasiado extensa para una función religiosa-, para ser interpretado en sala de conciertos, más que en ceremonias fúnebres religiosas. Además, el Réquiem requiere cuatro solitas, un gran coro, y un número importantes de instrumentos –al estilo de las últimas orquestas románticas- impropio del coro de una iglesia.

El compositor checo se sirve de un leitmotiv que se repite durante toda la obra y que Dvorak ya había usado en otras ocasiones: cuatro notas cromáticas sincopadas a modo de evocación de la fuga del segundo Kyrie de la Misa en Si menor BWV 232 de Johann Sebastian Bach. Entre fragmentos de gran recogimiento y momentos de grandes explosiones dramáticas, la carga lírica de la obra se hace especialmente relevante en determinadas partes, como en el Gradual, el Recordare, el ofertorio y algunas secciones del Confutatis, con el que os dejamos.

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